EL CUARTEL DE BATALLONES

EN LA

NUEVA POBLACIÓN DE SAN CARLOS

(1786 – 1794)

PROLOGO

   De extremadamente precaria se puede calificar la situación de la Armada española al comenzar el siglo XVIII. En 1700, la flota de guerra se limitaba a seis galeras en Cartagena y siete en Génova, unos pocos galeones y algunos bajeles  armados para el servicio de Indias.

   La subida al trono de la dinastía borbónica significó el inicio de un vigoroso proceso en búsqueda de un poder naval adecuado, dedicando a ello sus esfuerzos Alberoni, Patiño, Ensenada, Arriaga, González de Castejón, Valdés...  Al finalizar la centuria, la Marina Real de España era una respetable fuerza de combate con 76 navíos y 51 fragatas en servicio.

   Especial  atención se prestó al establecimiento y potenciación de las bases. Las dificultades inherentes a la navegación a vela hacían que la situación geográfica de éstas fuera apreciada en gran medida,  aumentando su carácter de factor esencial de la estrategia.

   Cádiz, por su emplazamiento, autonomía defensiva y recursos, se ofrecía como un lugar extraordinariamente apropiado para establecer la que fue más importante base naval española dieciochesca. Aquí se asentó la Real Compañía de Caballeros Guardias Marinas – pilar básico de la renaciente Armada - , el Real Colegio de Cirugía, la Dirección General de la Armada, el Observatorio... Pero aquella magnificente y excepcional urbe dedicada al comercio, guardaba entre sus magníficas murallas la corrupción de costumbres que es aliada fiel del lujo y de la opulencia. De ahí el traslado y acomodo de su Departamento marítimo a la, entonces, villa de la Real Isla de León, hoy ciudad de San Fernando

   Aquí se proyectó y comenzó a levantar la mayor  de nuestras poblaciones marítimas,

ejemplo de urbanización del siglo XVIII por su racionalismo y calidad de diseño, que tomó el nombre de “San Carlos” en honor del Monarca que más cuidado y diligencia puso en el fortalecimiento de las fuerzas navales: Carlos III. Uno de los edificios reales programados es el actual Cuartel de Infantería de Marina, construido para albergar dos batallones de a seis compañías cada uno.

   El Cuerpo de Batallones de Marina fue creado en virtud de las célebres “Instrucciones” de Patiño, en 1717, confirmándosele la antigüedad del Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles – año 1.537 – del que se formaba. En la década final del siglo XVIII el mando del Cuerpo lo ostentaba el “Comandante Principal o General”, quien residía en el Departamento gaditano asistido de un “Segundo Comandante” y un “Inspector Principal”. En Ferrol y Cartagena existían “Comandantes Principales”, secundados por un “Segundos Comandantes” y un “Subinspector” en cada Departamento.            

   Al frente de cada Batallón se nombró, a partir de 1.787, un “Comandante” – Capitán de Fragata- ayudado por un “Sargento Mayor” –Teniente de Navío- y un  “Ayudante” –Teniente de Fragata-. La Compañía con sus efectivos al completo constaba, excluidos los Oficiales, de: 1 Sargento Primero, 8 Segundos, 9 Cabos Primeros, 9 Cabos Segundos, 3 Tambores y 138 Fusileros.

   En aquel momento, aún no contaba el Cuerpo de Batallones con Oficiales propios – suceso que hubo de esperar hasta 1.827 - , surtiéndose de los de guerra de la Real Armada – hecho que ocurría de igual manera en el Cuerpo de Artillería de Marina -. No obstante, aquellos Batallones poseían caracteres particularísimos, al estar instruidos a la vez para la mar y para la tierra, lo que les diferenciaba claramente de los del Ejército de Tierra. Al respecto, el clarividente Don Juan José Navarro, Marqués de la Victoria, advirtió que era una “lisonja de la necesidad y un engañoso recurso al arbitrio, el creer que la tropa de tierra, con sus Oficiales, puedan sufragar la falta de los soldados de Marina”.

   Pues bien, el presente trabajo nos acerca al conocimiento del origen y proceso constructivo del Cuartel de Infantería de Marina, que constituye uno de los edificios principales de la Población, y se encuentra tan íntimamente ligado a la  Historia de nuestro Cuerpo; para ello el autor traza, con breves pero precisas pinceladas, el marco en que se desarrolla: la potenciación estratégica de la bahía gaditana, el traslado del Departamento de Marina y el magnífico proyecto de Población concebido para proveer las necesidades de la Marina, acercándola a su Arsenal. Está realizado por un joven y brillante investigador  de la Población: Juan Torrejón Chaves, Licenciado en Filosofía y Letras, cuya Memoria de Licenciatura ha versado sobre “La Nueva Población de San Carlos en la Isla de León”, tema que continúa profundizando, en la actualidad, en su Tésis Doctoral. Es, por tanto, un excelente conocedor de la meteria, que ha trabajado sobre la documentación original en los Archivos de Simancas, Viso del Marques, Museo Naval, Histórico Militar..., proporcionando, por ello, nueva luz en numerosos aspectos de esta Población, que eran absolutamente desconocidos o habían sido tratados superficialmente hasta el momento. A su brillante ejecutoria académica y rigor histórico, avalados por la calificación de Sobresaliente “cum laude”, obtenida en su Memoria de Licenciatura y la concesión del Premio Extraordinario, se une un acendrado amor a la “Isla”, de la cual es natural, y su vinculación afectiva a la Armada y de forma muy especial a la Infantería de Marina, a la que profesa un profundo y declarado cariño.

                                       

ANEXO 1. CADIZ Y LA POTENCIACION NAVAL ESPAÑOLA DURANTE

EL SIGLO XVIII

ANEXO 2. EL TRASLADO DEL DEPARTAMENTO DE MARINA A LA VILLA DE LA REAL ISLA DE LEON.

ANEXO 3. LA NUEVA POBLACIÓN DE SAN CARLOS.

ANEXO 4. EL CUARTEL DE BATALLONES DE MARINA

 

1.      CADIZ Y LA POTENCIACION NAVAL ESPAÑOLA DURANTE

EL SIGLO XVIII

   El reformismo es una actitud permanente en la España del siglo XVIII. A todo lo largo de la centuria se desarrolló un importantísimo programa de transformaciones encaminadas a restaurar el poder naval, tan decaído en la postrimería de los Austrias. Esta ardua empresa se encontraba en conexión intima con la revitalización de las relaciones entre la metrópoli y sus territorios ultramarinos, siendo preciso, para tal fin, establecer una importante red de posiciones navales que, complementándose con unas fuerzas móviles activas y emprendedoras, garantizaran las comunicaciones entre las partes. La Armada dieciochesca surgió, pues, como uno de los instrumentos básicos del Estado español para conformar una estructura estratégica atlántica  a la nueva organización de la política internacional.

   Unida a esta estrecha conexión entre la potenciación naval española en el siglo XVIII y la revivificación de los contactos con los dominios transoceánicos, se encuentra el fortalecimiento de Cádiz, núcleo fundamental de las relaciones con las Indias a lo largo de la centuria. Dotada por la Naturaleza de una importantísima autonomía defensiva, Cádiz se manifestaba como una base muy sólida para la acción de la Armada española. Su ubicación geográfica fue la que situó a esta ciudad en un lugar preferente a otros puntos  costeros del litoral meridional español  para establecer una de las más importantes bases navales en tiempos de la marina de vela. La posición extrema de la ciudad, su inmensa rada y el enorme antemural defensivo que representaba la Isla de León con su intrincada maraña de caños, significaban obstáculos muy considerables para la acción de un atacante. Una eficaz labor de fortificación durante la centuria dieciochesca reforzó su autonomía defensiva, situándola  entre las plazas fuertes más seguras de la época.

   Finalizada la Guerra de Sucesión, el animoso Felipe V trató de conseguir lo que tanta falta le hizo durante la contienda: una Marina militar que guardara las costas y asegurara la comunicación periódica y ordenada entre los dilatados dominios de la monarquía.

   En los nuevos proyectos de potenciación naval, la bahía de Cádiz jugaría un papel de primer orden con la creación y desarrollo de su Departamento de Marina, proceso tan interesado como complejo, donde la mayor parte  de sus aspectos se encuentran aún necesitados de estudios pormenorizados.

   El Cuerpo de Marina permaneció instalado en la ciudad de Cádiz hasta que en 1.769, siendo Secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina e Indias Julián de Arriaga, y Director General de la Armada Juan José Navarro primer Marques de la Victoria, se decidió su traslado a la Isla de León, no sin una oposición fortísima del Cabildo Gaditano.

2.      EL TRASLADO DEL DEPARTAMENTO DE MARINA A LA VILLA DE LA REAL ISLA DE LEON.

Es indudable que no debió  resultar agradable pasar  desde la gustosa existencia que proporcionaba la opulenta, culta y cosmopolita ciudad de Cádiz a la Isla, aldea entonces de corto e irregular caserío. Los sarcasmos del momento dijeron que España, para  aumentar su Marina, la había internado dos leguas tierra adentro, pero tal resolución quedó  en la mente de nuestros más lúcidos marinos como una de las grandes providencias  del reinado de Carlos III.

      Uno de los problemas inmediatos con que se encontró el trasladado Departamento fue el de su alojamiento y acomodo. Para ello, se habilitaron, previo arreglos, edificaciones ya existentes que no alcanzaban a ofrecer los servicios necesarios y que exigían un continuo desembolso en reparaciones. Por ello, se planteó como menester prioritario la construcción de nuevas y adecuadas instalaciones, pues si la mudanza se había efectuado para evitar los graves inconvenientes que se seguían de su permanencia en la ciudad de Cádiz, los problemas no eran menores una vez instalado el Departamento en el caserío isleño, sin puerto, sin vistas al mar y retirado media legua del Arsenal de La Carraca, con el que las comunicaciones no resultaban nada fáciles. Era necesario, por tanto, poner término al carácter de interinidad que poseía el traslado, levantándose un conjunto de edificaciones acordes con el importante nivel alcanzado por la Armada española en el último tercio del siglo XVIII.

   Se escogió un lugar conocido por el nombre de “Monte del Duque”, posición óptima dentro de las tierras que configuraban la Isla de León: a la orilla del mar, enfrente del Arsenal de la Carraca, del que sólo le separaba el caño de Santi-Petri, con la vista del puerto de Puntales, la poza de Santa Isabel, y de las aguadas y provisión de víveres para la Armada.

   El monte, utilizado preferentemente como cantera, se trataba, desde el punto de vista geológico, de un conjunto de sedimentos pliocenos marinos, formados por conglomerados conchíferos que reciben el nombre de “piedra ostionera”, a la sazón material constructivo básico en estos lugares; su zona de contacto con el mar se completaba con depósitos formados por arcilla salitrosas o fangos de marismas, terrenos litorales de época cuaternaria. La denominación “Monte del Duque” obedecía a que el territorio de la Isla de Léon había pertenecido, desde finales del siglo XV, a los Ponce de León, duques de Arcos, quienes ejercieron la jurisdicción  civil y criminal y el dominio solariego en estas tierras. La situación se mantuvo en estos términos hasta que el 31 de Mayo de 1.729 se incorporó esta isla a la Corona, pasando a convertirse en lugar de realengo, si bien la casa ducal continuó en el disfrute de su patrimonio,  conservando el dominio directo de sus bienes raices que  eran cedidos a diversos enfiteutas a cambio de un canon anual.

   Mas si variadas eran las razones que se podían alegar para preferir este paraje a otros del territorio de la Real Isla, con el objeto de situar en él los nuevos edificios que precisaba el departamento, entre todas ellas, la fundamental era su vecindad con el Real Arsenal, pilar básico de la base naval gaditana. La Carraca, un islote fangoso cuyo topónimo se origina por la acumulación de sedimentos alrededor de una gran nao de igual nombre, nace y se potencia a todo lo largo del siglo XVIII, para convertirse en uno de los más importantes arsenales de la época de la Ilustración y, como tal, provocador de una importantísima concentración humana. Es indudable que la existencia del Arsenal condiciono el traslado del Departamento desde Cádiz a la Isla y, ya en ésta, la elección del lugar más idóneo para su asentamiento.

   El 7 de abril de 1.775, se verificó la formalización de la escritura  de venta, ante el escribano de Guerra de Marina del Departamento, recibiendo el Mayorazgo de Arcos 580.000 reales de vellón, libres de los derechos de cientos y alcabalas, por las 173 y ½ aranzadas de terreno que constituían el citado monte.

3.      LA NUEVA POBLACIÓN DE SAN CARLOS.

    Las actividades de desmonte, terraplenado y acopio de materiales comenzaron el 2 de mayo de 1.788, produciendo:

                                                                                                        Varas cúbicas

Escombros-residuos de canteras .............................................                310.107

Tierra firme .............................................................................             1.555.326

Piedra de mampostería ............................................................                274.179

Arena de canteras ....................................................................                105.315

Cantos de diversas dimensiones ..............................................                  32.985

 

   Todo lo cual importó a la Real Hacienda 8.874.932 reales y 33 maravedís de vellón, quedando el espacio demarcado para la nueva población a un nivel de 15 pies sobre las más altas mareas.

      Los efectos de la guerra contra la Gran Bretaña (junio de 1.799-septiembre de 1.783) se hicieron notar fuertemente en el desenvolvimiento de estos trabajos. En el Departamento de Marina de Cádiz, las urgencias de la contienda hicieron depender las consignaciones para las obras de otras prioridades, representando el decurso de las hostilidades una prueba de fuego en el progreso de las labores. No obstante las enormes dificultades, llegó la firma de la Paz de Versalles ( 3-IX- 1.783) y en ningún momento las actividades se habían paralizado. Liberada la Secretaría de Marina de los continuos objetos de atención prioritaria que la guerra contra la Gran Bretaña había impuesto se decidió emprender con actividad los trabajos reales en la Isla de León.

    Se dirección estaba, desde marzo de 1.779, en manos de Vicente Ignacio Imperial Digueri, hombre de confianza de González de Castejón, el sucesor de Arriaga en la Secretaría de Estado y del Despacho Universal de Marina. Imperial Degueri había pertenecido al prestigioso Cuerpo de Ingenieros de Ejército, donde alcanzó los grados de Subteniente (Delineador) y Teniente (Extraordinario), desempeñando importantes cometidos, pasando al Cuerpo General de la Armada con el empleo de Alférez de Navío en 1.774. En su larga comisión de diez años y dos meses al frente de estas obras reales destacan, junto al arduo desmonte, la elaboración de un gran proyecto urbanístico y la realización de los planos y presupuestos de un cuartel para dos batallones de Marina y la Iglesia Parroquial, dos de los edificios públicos previstos en el plan por él elaborado.

    La nueva población configura un amplio rectángulo de 900 varas de frente  por 640 de costado, con una superficie total de 576.000 varas cuadradas. El ordenamiento urbano, en forma de retículo ortogonal, es un claro exponente del racionalismo siempre buscado por la ingeniería militar dieciochesca, ofreciendo una rica gama de manzanas, todas regulares y rectangulares. Siete de ellas se destinan en toda su extensión para edificios públicos, que además ocupan porciones correspondientes a otras dos. Los fragmentos de éstas, libres de construcciones reales, así como las cincuenta y siete manzanas restantes, se dedican  a edificaciones de particulares. De las sesenta y seis que integran el proyecto general, en las cuatro más espaciosas se colocan los edificios públicos de mayor envergadura: Cuarteles de Batallones, Cuartel de Brigadas de Artillería y Academia de Pilotos, y Hospital. Las restantes fábricas reales se ubican en dos de las fachadas de la plaza mayor, donde la pretendida dignidad del lugar impulsaba a situar en él a los edificios más nobles de la población, cuales eran la Iglesia Parroquial, la Casa del Capitán, la Intendencia, los Oficios Principales y Tesorería y el Cuartel-Academia de Guardias Marinas.

    Las rectilíneas calles ofrecen todas una anchura de 10 varas, excepto las dos que cruzan por el centro de la plaza mayor, a las que se les señala un ancho de 16,  a fin de que dicha plaza resulte perfectamente cuadrada. Todos los edificios que formaran la ciudad debían ser de cuatro cuerpos y sobre pórticos, a excepción del Hospital y los Cuarteles de Batallones y Brigadas, construcciones donde resultaba muy costoso mantener las galerías con arcadas por el mucho terreno que se perdería, dadas sus grandes extensiones, y por la necesidad de aprovechar los pisos inferiores en oficinas, cuerpos de guardia y alojamientos diversos.

    El programa urbano ideado por Imperial Digueri parte de dos ejes transversales de los cuales el horizontal, que es de mayor longitud, se encuentra descentrado y más cercano a la fachada marítima, mientras que el eje vertical, central, divide simétricamente a la población. En la zona de intersección de ambos ejes se sitúa la cuadrada plaza mayor, concebida como la zona noble de la población. En el eje vertical central se emplaza una segunda, en la fachada que mira a la población de la Isla de León, que sirve de desahogo a los dos grandes Cuarteles de Batallones. En el frontispicio, que es la fachada marítima, el Ingeniero de Marina abre dos plazas gemelas, colocadas ante el Cuartel de Brigadas y Academia de Pilotos, y  el Hospital, respectivamente.

 

   La situación y figura de la nueva población obligaba a la adquisición de tierras colindantes a las reales, formadas en el momento por las 173 ½  aranzadas compradas al ducado de Arcos en un principio, a las que se debían añadir 17.196 varas de la recién adquirida Casería de Cazalla. Imperial Digueri era de la opinión de conseguir no sólo aquellos terrenos de Ricardos absolutamente necesarios porque el proyecto los ocupaba, sino además otros en su contorno que preservaran la independencia y desahogo de la población con respecto a la de la Isla de León.

    Tales adquisiciones permitirían asegurar la posesión de un territorio en las inmediaciones de los Cuarteles de Batallones para los ejercicios de la tropa, y disponer de los materiales constructivos necesarios para la fábrica de los edificios reales previstos, a extraer de estos terrenos. Este último aspecto era de sumo interés por cuanto se evitaría el elevado costo que habría de representar el tener que conseguir cantos y piedra de mampostería en pueblos inmediatos, significando la tenencia de estas tierras la única posibilidad de asegurar el acopio de materiales que tanto la ciudad de Cádiz, como el amplio desarrollo urbano de la Isla, demandaban continuamente; y si bien se contaba con la gran cantidad de materiales acumulados, fruto del desmonte, la magnitud de los edificios públicos previstos obligaba a pensar en los medios de proveerse de lo necesario.

    Por todo ello, el proyectista señala en el plano una línea descontinúa que ocupa no sólo la parte necesaria de terrenos de Ricardos, sino que comprende además una extensión mayor de esta misma propiedad, así como dos porciones de tierra, separadas por la Casería de Cazalla, pertenecientes al marqués de Casa Alta, con una superficie de 64.944 varas y que la Real Hacienda adquiriría en diciembre de 1.786. Contiguas a éstas, se comprarían al mismo marqués 287.440, en febrero en 1.789, a las que se han de añadir un regalo por su parte de 34.302, fruto de la transacción. La Casería nombrada de Ricardos –66.828 ½ varas cuadradas-, fue adquirida por el erario en noviembre de 1.788 a Juana de Ricardos y Campaña, Luis Manuel de la Torre y al Monasterio de la Purísima Concepción de Guadix.

Estas ampliaciones de la superficie destinada a la nueva población, permitirían al Ingeniero-Director de estas Reales obras completar su programa urbano con un conjunto de alamedas, caminos y una calle de comunicación entre la población de la isla y la departamental. El afán ordenador de Imperial Digueri alcanza incluso a la población de la Isla, planificando los terrenos enfrentados con la nueva población de la Isla, planificando los terrenos enfrentados  con la nueva población. En aquellos lugares libres de edificaciones, establece un programa urbano en cuadrícula, cuyas calles son prolongaciones de su hipodámico proyecto de ciudad marítima. Allí donde no puede efectuarlo, por el crecimiento natural y ausente de programación del caserío isleño, en la medida de lo posible racionaliza buscando el plano regular. Recomendando que en estos terrenos las casas se construyan de dos cuerpos y porticadas como las previstas por él para la calle de comunicación, Imperial Digueri salta los límites de su territorio para proyectar sobre el vecino su cartesiana concepción del espacio urbano, con el objeto típicamente ilustrado de “hermosearlo”.

    El ambicioso proyecto, uno de los más bellos sueños de la España de las Luces, quedaba completo con unas importantes obras de ingeniería hidráulica, constituidas por una dársena abrigada por medio de un martillo situado en su centro, a fin de que en los diferentes vientos reinantes hubiera siempre muelle donde atracar con comodidad y un canal que comunicaría la nueva población con la bahía y con el caño de Santi-Petri, a la vez que liberaba al Arsenal de la Carraca del trasiego de las embarcaciones del común.

El 14 de marzo de 1.786, Antonio Valdés y Bazán informaba desde la secretaría de Marina a las autoridades del Departamento gaditano, la Real aprobación de los planos y proyecto de la Nueva Población, resolviéndose que ésta tomase el nombre de San Carlos en memoria de su augusto fundador, el Rey Carlos III, y que la Iglesia Parroquial tuviese por advocación la de la Purísima Concepción de Nuestra Señora como Patrona tutelar de los reinos de España y de sus Indias.

 

4.      EL CUARTEL DE BATALLONES DE MARINA

    Figuraba en el proyecto de la Nueva Población de San Carlos la construcción de dos cuarteles capaces de albergar cinco Batallones de Marina, dotación asignada para el Departamento de Cádiz y que, a razón de seis Compañías cada uno, y éstas de ciento sesenta y ocho plazas respectivamente, componían cinco mil cuarenta soldados. En tiempos de paz, la tropa llamada “de descanso” en este Departamento no alcanzaba a constituir dos Batallones, encargándose de guarnecer el Real Arsenal, el caño de Trocadero, los buques armados, y los puertos de la plaza, las guardias de honor, las banderas de reclutas y el Hospital.

   Era tan apremiante la necesidad de contar con, al menos, uno de dichos cuarteles, que el Ingeniero-Comandante Imperial Diguieri presentó a exámen de la Junta del Departamento – el 3 de Diciembre de 1.785 y antes de haber finalizado las trazas generales de la población- los planos, perfiles, vistas y presupuestos de un cuartel para dos Batallones de Marina “en el completo pie de fuerza que S.M. manda en Real Orden de 23 de Abril de 1.776, proporcionada la distribución de modo que cada piso contenga cuatro Compañías divididas por mitad con sus Sargentos y total separación de unas y otras, pero con proporción para que sus Jefes puedan celar interiormente por sus habitaciones la buena disciplina”. Calculándose un período de construcción de cuatro años y advirtiéndose de las posibles alteraciones que jornales y materiales podrían sufrir en el transcurso de la construcción- zozobras muy frecuentes, tanto en la Isla de León como en la ciudad de Cádiz, por el gran número de edificaciones que en ambos lugares se efectuaban- se computó el costo total de la obra en 4.876.500 reales de vellón, de los que se debían rebajar 732.000 por los materiales que existían ya acopiados, en su mayor parte fruto del desmonte.

    La Junta, presidida por el Capitán y Director General Luis de Córdoba, procedió a examinar planos y presupuestos, con arreglo al artículo 568 de la Ordenanza de Arsenales, y sin presentar el menor reparo, resolvió su pase a la vía reservada de Marina para la debida conformidad. Por R.O. de diciembre de 1.785, quedaron aprobados planos y presupuestos “con sola la variación de suprimir balcones, substituyendo antepechos, para evitar gasto superfluo  y dar mayor sencillez  y duración al edificio”, advirtiéndose que su fábrica no debería comenzarse “hasta que se ponga la primera piedra de la Iglesia que quiere S.M. sea el cimiento y origen de la población”.

   Concibe Imperial Digueri el Cuartel de Batallones como un rectángulo enorme de 130 varas castellanas de frente y 175 de costado, proporciones que responden a una de las manzanas más extensas de su proyectada población. Dos módulos adosados componen el conjunto: su frente, que contiene un pórtico de once arcos, con 45 varas de su fondo, se destina a pabellones de Oficiales y Plana Mayor; contiguamente, un cuadrado de 130 varas de lado alberga los alojamientos de las doce Compañías de los dos Batallones- 2.016 soldados- en derredor de un soberbio patio ochavado circundado por galerías de  48 arcos. Sus 95 varas de lado obligan a considerarlo, más que un patio, como una auténtica plaza de armas. Con arreglo a sus trazas, debía ascender su altura a 22 varas, elevación obligada para mantener la buena proporción que pedían los arcos de la prevista tercera galería interior, que debía corresponder al piso de las cuadras altas. En Noviembre de 1.791 se alteró el proyecto del edificio, suprimiéndose esta galería superior, dejándose una azotea corrida con su antepecho sobre la arcada del segundo cuerpo, quedando las cuadras superiores a 5 ½ varas de altura, mucho más claras y ventiladas, y la elevación general a 21 varas. Ello aceleró un año la conclusión del Cuartel y significó un ahorro aproximado de un millón de reales de vellón.

    Compacto, sobrio y funcional, el edificio representa una de las más notables manifestaciones de la arquitectura militar española de fines del siglo XVIII, cuyo más claro precedente ha de buscarse en su homónimo de la ciudad de Ferrol, conocido en la actualidad con el nombre de Cuartel de Nuestra Señora de Dolores. En ambos cuarteles departamentales es perceptible nítidamente  la sintetización de los diferentes modelos de cuarteles preexistentes: el de “galería” o sistema “a la española”, el sistema “Vauban” – quien concibió el cuartel como entidad autónoma e independiente de cualquier edificación-,  y  el prototipo “francés”, divulgado por el tratadista B. Forest de Belidor, que  se caracteriza fundamentalmente por la organización del cuartel alrededor de un amplio patio interior, que se convierte en el elemento arquitectónico fundamental del edificio.

   Existe un claro nexo que vincula el Cuartel ferrolano y el isleño, en la persona de Antonio Bada y Navajas. Este había sido alumno aventajado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde obtuvo el primer premio de arquitectura en la clase tercera en 1.763.  En 1.764 fue enviado a Ferrol como ayudante delineador del insigne Julián Sánchez Bort, director de las magnas obras de su Real Arsenal. Bada y Navajas desarrolló en el Departamento del Norte una fructífera labor no sólo en trabajos de delineación, sino además en la misma dirección de la empresa, actividad que ejerció en las ausencias de Sánchez Bort, a lo que se ha de agregar la maestría de dibujo y fortificación de los Caballeros Guardias Marinas. En la ciudad gallega Bada y Navajas es testigo y partícipe de la remodelación que Sánchez Bort introdujo en 1.765 en su Cuartel de Batallones, obra que, iniciada en 1.751 y paralizada dos años más tarde, no se reanudó hasta 1.766, y cuya forma actual obedece en buena medida a los diseños de Sánchez Bort.

    Antonio Bada y Navajas se incorporó en agosto de 1.779 al Departamento de Cádiz, donde se encargó del detall de las obras de la Nueva Población, asesorando a Imperial Digueri en la formación de su proyecto general y en la de los planos particulares del Cuartel de Batallones y de la Iglesia Parroquial, cuyas trazas respectivas no se pueden comprender sin su colaboración. El profundo conocimiento que gozaba en todas las materias de arquitectura civil, su integridad,  laboriosidad y celo, representaron una estimadísima aportación al desenvolvimiento de estas actividades, haciéndose merecedor en todo momento del reconocimiento de sus superiores.

    La experiencia de Bada en el cuartel ferrolano –donde Sánchez Bort no pudo actuar con entera libertad, dado que se encontró con un edificio ya trazado y en parte levantado-, es trasladada a este Cuartel de Batallones, en el que los diseños se podían ejecutar sin apenas condicionamientos previos. De ahí que la composición sea más rigurosa en éste de la Nueva Población de San Carlos, estableciéndose una más jerárquica distinción entre el módulo de pabellones para Oficiales y Plana Mayor, que ocupaba la fachada principal del edificio, de cara a una de las plazas previstas en el plan urbano, y el Cuartel propiamente dicho, que se organiza alrededor del gran patio achaflanado.

   En la concepción general del Cuartel se halla aquella triple virtud que Vitruvio exigía a la arquitectura: “Firmitas, Utilitas, Venustas”, con un claro predominio de las dos primeras cualidades sobre la tercera. La funcionalidad, siempre presente en la mente del proyectista, impone como objetivos prioritarios los de capacidad, fácil acomodo, solidez, ventilación y luminosidad apropiadas. Sin dejar de manifestarse en el todo de la obra “la grandeza de la Majestad que la erije”, se buscó la simplicidad decorativa en su exterior y en su interior, haciéndose  desaparecer los adornos no necesarios a fin de economizar en la mayor medida, hasta el límite de la anteriormente referida omisión de los balcones presentes en el proyecto primigenio, y que fueron substituidos por pretiles, acentuándose la sobriedad del edificio; severidad que es realzada por la marcada horizontalidad de tan enorme fábrica.

    El 13 de junio de 1.786 el Ingeniero-Director Vicente Ignacio Imperial Digueri comunicaba al bailío frey Antonio Valdés la finalización de la traza del Cuartel de Batallones y la inmediata apertura de sus inmensos  cimientos. A partir de este momento, se envió a la Secretaría de Estado de Marina una relación mensual que informaba acerca  de los trabajos efectuados y del número de los obreros empleados en ellos, agrupados por sus especialidades respectivas, lo que permite seguir fielmente el proceso constructivo de tan magna obra.

    El 8 de abril de 1.794, Francisco de Ampudia y Valdés, a la sazón director interino de las obras del Rey en esta Nueva Población, daba cuenta al Secretario de Estado de Marina el hallarse concluida y en estado de ser habitada la parte de pabellones destinada a los Jóvenes de Batallones, quienes en número de 77 y aumentando cada día más, se alojaban con suma estrechez en las cuadras que, al momento, tenían en el cuartelito del puente Zuazo. El 15 del mismo mes, desde el Real sitio de Aranjuez, se cursó la regia aprobación que permitía la ocupación del entresuelo y cuerpo bajo de uno de los pabellones del Cuartel de Batallones por la Compañía de Jóvenes “siempre que por estar la obra reciente, no les sea perjudicial a la salud”.

    La idea de levantar un segundo Cuartel de Batallones, presente en el proyecto urbanístico de 1.786, fue desechada por R.O. de 1 de Julio de 1.791.